Por Nicholas D. Kristoff
LA CONTRAAsiya Tahir, de 20 años, traía a la espalda a su hija Mariam, de cuatro meses, cuando en abril tres hombres armados, vestidos con el uniforme militar de Sudán, la detuvieron junto con su hermana en un pozo en Darfur.
Los soldados golpearon a Asiya y después -de acuerdo con el relato de las dos hermanas- le quitaron a Mariam de la espalda y en medio de risotadas la revisaron para ver si era niño o niña. Tomándola por un brazo, uno de los soldados empujó a Mariam.
«Tiene suerte de ser chica», le dijo uno de los soldados a Asiya. «Si fuera varón, le hubiéramos rebanado la garganta.»
Mariam sobrevivió al golpe pero todavía sufre sus consecuencias. Eso es Darfur este año, cuando se vuelve a poner en marcha la maquinaria genocida patrocinada por el estado.
La reanudación de las atrocidades masivas en Darfur, después de un breve interludio, hace que los aldeanos huyan hacia este campo de refugiados en Abgadam, en el sureste del Chad. Está lleno de habitantes de Darfur llegados en los últimos meses, porque las milicias patrocinadas por el gobierno sudanés empezaran una nueva oleada de asesinatos, violaciones y saqueos contra los dos grupos étnicos minoritarios.
Todos los sobrevivientes relatan lo mismo: hombres armados, generalmente en uniforme del ejército, que queman sus aldeas, matan a los hombres, violan a las mujeres y les quitan todo lo que tengan, mientras los llaman esclavos y los amenazas con que su tribu será exterminada de Darfur.
Han pasado 10 años desde que empezó el genocidio de Darfur y en los medios de comunicación estamos básicamente cansados del asunto. Ya no es noticia que el gobierno sudanés esté asesinando a su pueblo.
Los sobrevivientes han declarado que uno de los jefes de los ataques de este año es Ali Kushayb, buscado por el Tribunal Penal Internacional por crímenes de guerra cometidos en Darfur hace diez años.
Debido al resurgimiento de la violencia, la agencia de la ONU para los refugiados construyó a toda prisa este campamento para los darfuritas y así está salvando vidas. Pero, aunque el mundo está dispuesto a gastar más de mil millones de dólares al año en ayudar a los sobrevivientes de los ataques en Darfur, parece que no está dispuesto a enfrentarse al presidente de Sudán, Omar Al Bashir, y ni a hablarle con dureza.
El mundo avanzó pero las matanzas continúan.
Las víctimas de la ola de ataques de este año pertenecen a dos grupos étnicos árabes que no habían sido afectados anteriormente en Darfur, los salamat (al que pertenecen los tres huérfanos) y los Beni Hussein.
Al parecer, el gobierno de Sudán expulsó a los Beni Hussein pues los funcionarios del gobierno codician el oro que fue descubierto en sus tierras. Y está expulsando a los salamat porque desconfía de ellos y prefiere darle sus tierras como recompensa a otro grupo árabe que sí le es fiel, los miseriya.
La ONU calcula que más de 300.000 darfuritas fueron desplazados en los primeros cinco meses de este año; casi el mismo número que en los últimos dos años.
Los muertos parecen ser en su gran mayoría hombres adultos, pero también hay mujeres y niños aunque en menor número. El jeque Abdullah Al Nazir, uno de los líderes de los Beni Hussein aquí en el campamento de Abgadam, me dijo que en su casa fueron asesinados cinco de sus hijos; el menor tenía apenas tres años de edad.
No hay soluciones fáciles cuando el gobierno comete atrocidades en serie. Pero hay medidas que las Naciones Unidas y otros países podrían tomar -para empezar, hablar de manera mucho más enérgica- que harían que este tipo de comportamiento le resultara más caro al gobierno de Sudán.
Las críticas internacionales han moderado en ocasiones la brutalidad de Al Bashir. Cuando se enfocan los reflectores en Darfur, las matanzas y las violaciones tienden a reducirse un poco. La ley aprobada en Estados Unidos por los dos partidos -la ley de paz, seguridad y responsabilidad de Sudán de 2013- aspira a ser uno de tales reflectores. No es la panacea pero puede ayudar.
*Kristoff tiene dos columnas semanales desde 2001 en The New York Times, diario para el que trabaja desde 1984. En 1990 (junto a su esposa, Sheryl WuDunn) ganó un Pulitzer por su cobertura de los sucesos de la plaza Tiananmen en China. Ganó otro Pulitzer en 2006 por sus columnas. Ha publicado varios libros aunque ninguno está disponible en español. Esta nota la cambió desde el campo de refugiados de Abgadam en Chad, última escala de Ésta es la última escala de un viaje anual en la que recorrió África junto a una estudiante premiada en un viaje para realizar un reportaje.
Darfur vuelve a sentir la amenaza de genocidio
29/Jul/2013
El País, Que Pasa, Nicholas D. Kristoff